61

Cumplir 61 años, tener la jubilación a la vista y conservar las ganas de dar guerra es, matemáticamente hablando, un número suficientemente primo.

61 es el 18.º número primo, viene justo después del 59 con el que forma pareja de primos gemelos, y es también de la forma 4k+1, así que no solo envejezco, ¡me vuelvo cada vez más pitagórico!



Si a los 59 me dio por los primos gaussianos y los primos de Pillai, a los 61 me conformo con ser un primo “de pueblo”, con sus achaques, pero todavía bastante resultón para seguir entrando cada mañana en el aula sin necesidad de derivadas ni integrales.

Como todos los 28 de febrero, he cumplido años y sigo feliz de hacerlo: la vida me trata bien, tengo una familia maravillosa y unos amigos inmejorables que siempre encuentran un momento para acordarse de mí, y eso vale más que cualquier complemento específico.

Lo único que me preocupa es que, a este ritmo, voy acumulando más vueltas al sol que programaciones LOMCE–LOMLOE he tenido que rehacer, pero al menos la experiencia sirve para mirar el sistema educativo con perspectiva histórica… casi arqueológica.

No podía haber elegido una profesión mejor: me encantan las Matemáticas y sigo intentando, cada día, que mis alumnos las disfruten y, de paso, se conviertan en personas libres y buenos ciudadanos, que ya es bastante teorema para un solo profesor.

A estas alturas he visto más promociones de ESO que reformas educativas, y creedme que eso ya es decir; pero aún hay pocas cosas que igualen la satisfacción de una demostración bien entendida o de un “¡ah, ahora lo pillo!” en mitad de una clase de 2.º de ESO.

Cuenta atrás para la jubilación

Este año, si todo va como dice la aritmética administrativa, será mi último curso en activo antes de la jubilación, y confieso que la idea de tener un horario sin claustros suena casi tan bien como un verano sin exámenes de septiembre.

No sé exactamente en qué momento empecé a contar trimestres como quien cuenta los últimos créditos de libre elección, pero ahora mismo tengo más ilusión por la jubilación que un alumno por oír “hoy no hay examen”.

La parte bonita de esta cuenta atrás es imaginar mañanas sin prisas, sin plataformas educativas caídas y sin tener que pelearme con actas digitales que parecen diseñadas por alguien que odiaba a su profesor de mates.

La parte peligrosa es que, sin alumnado delante, corro el riesgo de acabar corrigiendo por afición los menús del bar buscando errores de porcentaje, así que tendré que dosificar la vocación para que no se convierta en trastorno obsesivo.

Lo que menos echaré de menos

Lo diré con cariño matemático: si la educación fuese una ecuación, la Administración educativa, ciertos psicopedagogos de despacho y algunos inspectores serían el término perturbador que impide encontrar una solución elegante al sistema.

Llevan años empeñados en minimizar el fracaso escolar con la misma receta mágica: que apruebe todo el mundo, sepa o no, eso sí, sin invertir un euro y cargando el esfuerzo en las espaldas del profesorado, que debe ser, por lo visto, recurso infinito y renovable.

Cuando alguien no pasa por el aro de la ocurrencia pedagógica de turno, aparece el Santo Oficio burocrático: informes interminables, plataformas absurdas, protocolos que se reproducen por mitosis y formularios que solo sirven para maquillar estadísticas.

Se ha conseguido la cuadratura del círculo: más papeles que nunca y menos tiempo que jamás para lo único verdaderamente importante, que es estar en clase con los alumnos, hablando, explicando, escuchando y, de vez en cuando, hasta enseñando algo.

Psicopedagogos, inspectores y otros fenómenos paranormales

Tengo que reconocer que a algunos psicopedagogos e inspectores los imagino como personajes de una novela de ciencia ficción educativa: viven en un universo paralelo donde todo se soluciona con rúbricas, indicadores competenciales y una reunión más.



Son capaces de diagnosticar la realidad de un centro sin pisar un aula en horario lectivo, como si fueran una especie de oráculo burocrático que habla en BOEs y decretos, pero que rara vez se enfrenta a un grupo de 2.º de ESO un viernes a última hora.

No negaré que habrá honrosas excepciones, pero el modelo dominante parece ser el del profesional que genera documentos, supervisa documentos y exige documentos, todo ello sin preguntarse si alguien sigue teniendo tiempo para educar entre tanto papel.

Si el fracaso de la educación fuera una función, una buena parte de la derivada negativa habría que atribuirla a esas decisiones alejadas de la realidad, que convierten a los centros en oficinas de gestión de datos en lugar de lugares de aprendizaje.

Lo que sí echaré de menos

Sería injusto reducir estos años a la crítica: lo mejor de mi trabajo han sido, son y serán mis alumnos, capaces de apagar las luces, escribirme una felicitación en la pizarra y cantarme el cumpleaños feliz, logrando que se me olvide por un rato todo lo demás.

Esas pequeñas escenas compensan muchos sinsabores: un chiste en medio de una explicación, un dibujo en la libreta, un “profe, al final me han salido las cuentas” o un antiguo alumno que saluda por la calle y te recuerda que algo hiciste bien.

También echaré de menos a tantos compañeros con los que he compartido claustros, cafés, lamentaciones y risas, y con los que he sobrevivido a leyes educativas, recortes y modas pedagógicas como quien supera una tormenta tropical al borde del mar.


La escuela, con todos sus defectos, ha sido para mí una casa; por eso, aunque tenga muchas ganas de jubilarme, no podré evitar sentir un pellizco en el estómago el día que cierre por última vez la puerta del aula.

Epílogo (con banda sonora)

Sigo siendo un optimista incorregible: creo que la educación merece mucho más de lo que recibe y que, pese a la Administración, psicopedagogos iluminados e inspectores entusiastas de la rúbrica, siempre habrá docentes empeñados en enseñar y alumnos dispuestos a aprender.

A partir de ahora iré guardando en la memoria “aquellas pequeñas cosas” que han hecho que estos años merezcan la pena, con la tranquilidad de saber que la próxima función que prepare quizá no sea una programación didáctica, sino un viaje, un libro o simplemente un paseo.



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